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Ese día nadie revisó su embudo

JC Juan Camilo Rincón 14 de agosto, 20265 min de lectura

El lunes 10 de agosto, a las 7:34 de la mañana, un sismo de magnitud 7,4 con epicentro en San José del Palmar, en el Chocó, movió a buena parte de Colombia. Se sintió con fuerza en Risaralda, en el Valle del Cauca y en Caldas. En muchas ciudades la gente salió a la calle en pijama, sin saber todavía qué tan grave era.

Donde está la operación de AUGE no pasó de un susto grande. Lo escribimos de entrada porque hay que decirlo claro: no nos tocó. Y esa frase, que debería ser un alivio, se siente incómoda.

La impotencia

Lo que vino después del susto fue peor que el susto.

Nos quedamos mirando el teléfono. Le escribimos a alguien y el mensaje no entra. Volvemos a escribir. Actualizamos. Llamamos y suena ocupado. Y en ese rato entendimos algo: estar lejos no es una distancia en kilómetros. Es no poder hacer nada.

Hay una impotencia particular en ser el que está bien. Querer servir para algo y no tener cómo. Saber que uno tuvo suerte, y que la suerte no se reparte.

Lo que sí se vio

Y sin embargo, lo que pasó en el país esos días fue otra cosa.

Antes de que llegara cualquier ayuda oficial, la gente ya se estaba organizando. Grupos que se armaron en minutos para saber quién estaba dónde. Listas que se pasaban de mano en mano. Vecinos removiendo escombros con lo que tenían encima, sin esperar a que alguien les dijera cómo.

Y después vino lo otro: las recolecciones. Colegios, conjuntos residenciales, tiendas de barrio, parroquias, oficinas y empresas pequeñas convertidas en centros de acopio de un día para otro. Agua, ropa, mercados, pañales, colchonetas. Gente que puso su camioneta a disposición para llevar lo recogido y manejó horas hasta donde hiciera falta, sin que nadie se lo pidiera y sin pedir nada a cambio.

Nadie coordinó eso desde arriba. Se coordinó solo, y se coordinó rápido.

Ese día nadie revisó su embudo de ventas. Nadie miró un tablero de indicadores. Nadie preguntó por el cierre del mes. Todo el mundo se concentró en lo mismo: en el que estaba peor.

Nunca vamos a estar listos

Esa es la parte que nos quedó dando vueltas.

No hay plan de contingencia para esto. No hay proceso, ni herramienta, ni sistema que nos prepare para que la tierra se mueva un lunes a las siete y media de la mañana. Se puede reducir el daño y se puede reaccionar mejor, pero no se puede estar listo. Aceptarlo es más honesto que fingir lo contrario.

Lo que sí se puede es aportar desde lo que cada quien sabe hacer. El que tiene un camión, mueve. El que tiene una bodega, almacena. El que tiene una cocina, cocina. Y el que trabaja con tecnología tiene una tarea bien concreta: que la gente pueda encontrarse.

Lo único que sabemos hacer

Nosotros nos dedicamos a que la gente se comunique. A conectar canales, a que un mensaje llegue a quien tiene que llegar, a que nadie se quede esperando una respuesta.

En un día normal eso sirve para vender mejor o para atender más rápido. En un día como ese sirve para otra cosa: para que una madre sepa que su hijo está bien. Para que una lista de personas buscadas circule más rápido de lo que se demora un rumor. Para que una recolección llegue a quien la necesita y no se quede parada en una bodega.

No es mérito nuestro. Es de la red, del teléfono al que todavía le quedaba batería, del grupo que se armó en diez minutos sin que nadie lo coordinara. Pero es el terreno donde trabajamos, y es donde podemos poner algo.

Lo que queda

Escribimos esto para dejar constancia. No de lo que hicimos, sino de lo que sentimos: susto, después impotencia, y después algo parecido al orgullo por cómo respondió la gente de este país.

Hubo quienes no alcanzaron a salir. A ellos y a sus familias no hay texto que les sirva de consuelo, y no vamos a intentarlo. Solo queda dicho que no se nos olvidan.

Y queda lo otro, que también es cierto: ese lunes Colombia se movió, y la gente se movió más rápido. Antes de que llegara nadie, ya había alguien ayudando. Eso no lo organizó ninguna plataforma ni ningún sistema. Lo hizo la costumbre de este país de no dejar solo al que está peor.

Ojalá no haya que volver a comprobarlo. Pero si toca, que lo que construimos sirva también para eso: para estar cerca cuando estar cerca es lo único que importa.

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